lunes, 31 de agosto de 2009

Los cimientos coloniales (1492-década de 1880)

Cuando los europeos llegaron a lo que hoy constituye América Latina, encontraron tres civilizaciones importantes: la maya, la azteca y la inca. El hecho de que sigamos llamando a los pueblos nativos de este hemisferio «indios» perpetúa el error cometido por los españoles en el siglo xvi, que querían creer que habían arribado a las Indias, ricas en especias.

El pueblo maya, que ocupaba la península de Yucatán situada al sur de México y la mayor parte de lo que hoy constituye Guatemala, comenzó a cimentar su civilización en torno al año 500 a.C. Sus logros más apreciados fueron de índole cultural: no sólo edificó templos exquisitos, sino que también fue precursor en arquitectura, escultura, pintura, escritura jeroglífica, matemáticas, astronomía y cronología (incluida la invención del calendario). Los mayas se organizaban generalmente en un conjunto de ciudades-estado independientes, algunas con una población que alcanzaba los 200.000 habitantes o incluso más, y desarrollaron un complejo orden social. Por razones desconocidas, la sociedad maya clásica se derrumbó, cayó víctima de la dominación (972-1200) y luego de la absorción (1200-1540) por parte de los invasores toltecas, procedentes de las tierras altas del centro de México. No obstante, los descendientes directos de los mayas han sobrevivido en el sur de México y en Guatemala hasta nuestros días.

Más tarde, el espacioso valle central de México se convirtió finalmente en el emplazamiento del imperio azteca. Los aztecas, una de las tribus chichimecas que llegaron del norte para someter a los toltecas en los siglos XII y XIII, entablaron guerras constantes con sus vecinos y acabaron construyendo la ciudad de Tenochtitlán alrededor del año 1325 (en el lugar que hoy ocupa la Ciudad de México). Tras obtener el control de todo el valle de México, crearon un importante imperio, que estaba llegando a su cúspide cuando Colón arribó a la costa en el Caribe.

Los aztecas se destacaron por su organización militar y su destreza para edificar ciudades ceremoniales. Su arte, exceptuando su poesía perturbadora, era inferior en sutileza y acabado al de muchas otras antiguas civilizaciones mexicanas. En su forma final, la sociedad azteca estaba rígidamente estratificada. Los esclavos ocupaban el escalón más bajo, mientras que la nobleza hereditaria se hallaba situada en el más alto. La educación, el matrimonio y el trabajo estaban programados con meticulosidad y la economía tenía carácter comunal. Gobernantes hereditarios, como Moctezuma II, ejercían un poder político inmenso.
Sin embargo, a pesar de la centralización de la autoridad, los estados
conquistados de las regiones vecinas no se incorporaban al imperio. Se
los trataba como vasallos sometidos a tributo y a algunos -como la
cercana Tlaxcala- se les permitía mantener un estado perpetuo de
guerra con Tenochtitlán. Una de las razones para ello era que la
religión azteca requería el sacrificio humano y los prisioneros de
guerra podían utilizarse para los rituales de
sangre.
Los incas adoptaron un modelo de organización muy diferente. Su
imperio abarcaba más de 5.000 km en los Andes, desde el norte de
Ecuador, todo Perú, hasta el sur de Chile, y también el interior.
Después de consolidar su dominio en el valle de Cuzco, en Perú,
comenzaron a extender su
imperio a comienzos de 1400 y continuaron en esta empresa hasta la
conquista española en 1532.
Una vez vencidos, los grupos se convertían en partes integrantes del
imperio. Para fortalecer el apoyo al emperador, o inca, los nobles de
las regiones conquistadas eran llevados a Cuzco y tratados como
huéspedes reales, mientras que los elementos que ofrecían resistencia
en las zonas de conquista reciente se transferían a otras controladas
por fieles seguidores. El poder político correspondía a una burocracia
con una organización muy estrecha y una estricta disciplina, compuesta
en su base por equipos de funcionarios locales a quienes encabezaba un
único dirigente supremo. Por ello, los incas podían ejercer una
autoridad efectiva sobre la mayor parte de los Andes.
Eran diestros ingenieros que construyeron un vasto sistema de
carreteras (para tránsito humano y animal, ya que no utilizaban la
rueda), un intrincado sistema de irrigación y una agricultura de
terrazas impresionante en las laderas de las montañas. También
sobresalieron en el
diseño textil y en el tratamiento de lesiones de cabeza debido a su
extraordinaria habilidad para trepanar el cráneo humano.
Además de los mayas, aztecas e incas, había muchas otras culturas
indias. Solo en la zona de lo que hoy es México, había más de
doscientos grupos lingüísticos diferentes. Los cálculos sobre la
población indígena latinoamericana han variado ampliamente. Un
estudioso ha establecido la cifra de 90 a 112 millones, de los que 30
millones corresponderían a México y otros tantos a Perú.
Aunque este cálculo quizás sea demasiado elevado, es evidente que para
las pautas europeas de finales del siglo xv las sociedades indias
habían crecido mucho. Entonces llegaron los españoles.

El contexto europeo

El «descubrimiento» europeo de América (es presumible que los indios
sabían dónde estaban) formó parte de la considerable expansión europea
durante el siglo xv. Europa iba percibiendo el resto del mundo a
medida que sus navegantes y exploradores ampliaban las fronteras
del globo conocido hasta entonces. A comienzos del siglo xvii ya había
desplegado redes de comunicaciones alrededor de toda la tierra y había
establecido el predominio económico que moldearía el mundo moderno.

Este estallido de la expansión europea lo hizo posible una combinación
de factores, entre los que se hallaba la destreza técnica. El pilotaje
y la navegación constituyeron ejemplos notables, al igual que la
habilidad de adaptar los barcos costeros a los retos que suponía el
océano abierto. Y
otro ejemplo fue el armamento, que iba a hacer fuertes a los europeos
enfrentados con los pueblos nativos americanos, en alguna ocasión bien
armados, como en el caso de México.

Un segundo factor fue la base económica, que brindó capital para la
empresa marítima y militar. La tecnología sólo no resultaba
suficiente. Los vikingos habían demostrado habilidad técnica para
alcanzar América, pero carecieron de los recursos necesarios para
establecer asentamientos y comenzar la colonización, que requería
hombres y dinero. En pocas palabras, el Nuevo Mundo no iba a
pertenecer a especuladores de escasos recursos u objetivos limitados.

Como tercer factor, tuvo que haber un poder europeo interesado en algo
más que la experiencia técnica y el beneficio. Tenía que estar
dispuesto a perseguir lo desconocido con una determinación
excepcional. España y Portugal se ajustaban a esta descripción. Estas
monarquías católicas, con su ideal de cruzada para convertir a las
masas gentiles a la verdadera religión, poseían una motivación única.
España, en particular, había llegado tarde a la consolidación de su
territorio contra el infiel ocupante musulmán. Portugal, aunque se
había deshecho antes del intruso
musulmán, también se hallaba comprometido con la expansión militante
de la fe cristiana. Su arrojo estableció un precedente para que los
intrusos europeos se dirigieran a América Latina durante los cuatro
siglos siguientes. A pesar de toda la resistencia que ésta ofreció,
iba a seguir siendo una extensión, a veces una contradicción, de la
Europa que había navegado hacia el oeste en el siglo xv.

América española: de la conquista a la colonia, 1492-1600

No fue una coincidencia que Colón llegara a América el mismo año en
que los españoles liquidaron la última fortaleza mora en España. La
reconquista de la Península Ibérica contempló cómo los nobles
guerreros cristianos se hacían con tierras y la corona estrechaba su
control político. Como resultado, en 1492 había una nobleza
establecida y otra en ciernes ansiosas de más conquistas, y una corona
dispuesta a dirigirlas a ultramar.
Así pues, los españoles llegaron al Nuevo Mundo en una conquista
espiritual que ya estaba bien desarrollada en su tierra. España había
representado una oportunidad moderada para prosperar en la escala
social y existen pruebas considerables que sugieren que los
conquistadores del Nuevo Mundo -Hernán Cortés, Francisco Pizarro y
sus seguidores- llegaron a América para conseguir un puesto en la
sociedad, así como riqueza. Sin duda, la motivación española era
compleja. Fernando e Isabel y los monarcas sucesivos pensaron que la
riqueza del Nuevo Mundo podría fortalecer su autoridad en Europa.
Muchos celosos misioneros esperaban salvar las almas de los indios
infieles.
Los conquistadores tenían en mente muchos objetivos: como dijo uno de
ellos, «aquí venimos a servir a Dios y al Rey, y también a hacernos
ricos». Pero su motivo central parece haber sido lograr nobleza y
opulencia. (Alrededor de un tercio de los conquistadores de Perú
provenían de la baja nobleza; dos tercios tenían orígenes plebeyos.
Todos debían conseguir una posición.) Con este impulso, partieron
hacia un destino desconocido. En muy pocos años, habían llegado a la
cima de los poderosos imperios de los aztecas e incas.
¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo unos cuantos cientos de españoles
vencieron a unos imperios de millones de indios? Cuando Cortés partió
de Cuba hacia México en 1519, sólo tenía 550 hombres y 16 caballos. En
dos años y medio, con su vapuleado contingente español (asistido por
refuerzos que sumaron varios cientos) había reducido a escombros
Tenochtitlán, la espléndida capital azteca, y había aceptado la
rendición de Moctezuma, su desalentado y perplejo rey-dios.
Esta derrota se explicaría por la superioridad del equipo y las
tácticas españoles: pólvora (utilizada en los mosquetes y cañones),
caballos, organización y la confianza de resistir constantemente el
ataque. Otro factor fue la inicial propensión de los aztecas a
identificar a Cortés y sus hombres con el dios Quetzalcóatl, cuyo
retorno al valle predecía un mito. También fue importante el papel de
los pueblos no aztecas, como los tlaxcaltecas, que se resistían a los
aztecas y les tenían resentimiento y que proporcionaron a los
españoles tropas y consejos sobre las tácticas militares más
convenientes.
Por último, y quizás lo más importante, un brote de viruela, hasta
entonces desconocida en América, diezmó a la población india, que
carecía de inmunidad natural. En 1521, dos años después del inicio de
la campaña de Cortés y a menos de treinta años del primer viaje de
Colón, el imperio
azteca había caído bajo el dominio español. Cortés no perdió tiempo en
afirmar su autoridad: se hizo con garantías de lealtad de los caciques
vecinos y dirigió un vigoroso esfuerzo de reconstrucción.
Algunos de los factores que favorecieron a los españoles en México
operaron también en Perú, pero la tarea de Pizarro se simplificó por
la guerra civil que entonces arruinaba el imperio inca: el inca
Atahualpa, preocupado por el conflicto local, no llegó a ocuparse de
Pizarro con la seriedad requerida. La pequeña banda española había
consumado la conquista en 1533. Se llevaron como botín una cantidad de
oro y plata que llenaría una habitación de unos 4 x 5 m hasta la
altura del brazo extendido de un hombre. El sueño de El Dorado se
había hecho realidad en los Andes.
La conquista española se centró en el Caribe y en las plazas fuertes
de los dos grandes imperios indios, el azteca y el inca. También se
emprendieron exploraciones desde los principales centros de población,
pero no contaron con los hombres o los recursos para establecer el
control directo en muchas de esas regiones. Su atención se concentró
en especial en sus nuevos reinos de México y Perú.
No se tardó demasiado en recrear muchos aspectos de su propia sociedad
en América. Se proyectaron ciudades típicamente españolas y se crearon
sociedades de una rica complejidad.

Sometidos a un estricto control inmigratorio, llegaron toneleros,
panaderos, escribanos -gente procedente de España de toda condición- a
hacer fortuna en el Nuevo Mundo. El número de hombres era mayor que el
de las mujeres en este éxodo. Según un estudio sobre Perú, por
ejemplo, la proporción de hombres blancos con respecto a las mujeres
de su misma raza era de siete a una, por lo menos. Esto no sólo
ocasionó una intensa competencia por la mano de estas mujeres, sino
que también llevó a tomar mujeres indias como consortes. Sus hijos de
sangre
mixta, casi siempre ilegítimos, acabaron siendo conocidos como
mestizos. Con el tiempo, la raza mestiza se convertiría en el
componente étnico dominante de gran parte de la América española,
incluidos México, Centroamérica y los países andinos.
La corona española se dio cuenta pronto de que existía un conflicto de
interés con los conquistadores de tendencias independientes y creó con
premura una complicada burocracia para mantener la economía y la
sociedad del Nuevo Mundo bajo un control firme. En España, la
institución clave para los asuntos del Nuevo Mundo fue el Consejo de
Indias. En ultramar, la principal unidad organizativa fue el
virreinato, gobernado por un virrey nombrado por el rey. El primer
virreinato se estableció en México (entonces conocido como Nueva
España) en 1535, el segundo en Perú en 1544; se erigieron dos más en
el siglo xviii (véase el mapa 2). La Iglesia poseía estructuras
paralelas, dirigidas por el arzobispo y las autoridades de la
Inquisición.
En la práctica, esta burocracia condujo a un intenso conflicto sobre
tenias de jurisdicción, pero el ingenio del sistema consistía en que
una vez que se llegaba a un punto muerto, siempre se podía traspasar
el problema a una autoridad superior, ya fuera el virrey o el Consejo
de Indias, lo
que significaba que las distintas instituciones hacían de perros
guardianes unas sobre otras (además de las revistas y las
investigaciones periódicas sobre el desempeño de un cargo). Aunque
resulte sorprendente, otro de los rasgos del sistema era su
flexibilidad. Prácticamente todos los grupos tenían cierta medida de
acceso a la burocracia. Y aunque la corona retenía la autoridad
última, las autoridades locales poseían una considerable autonomía,
como lo demuestran algunas de sus respuestas a decretos reales:
«Obedezco pero no cumplo». A pesar de sus aparentes peculiaridades, la
burocracia española operó bastante bien en el Nuevo Mundo y mantuvo a
las colonias bajo el dominio real durante cerca de 300 años.

Apuntalando esta estructura política se hallaba un conjunto de valores
y premisas que legitimaban el dominio monárquico y elitista. Tenían su
origen en la aserción fundamental católica y romana, articulada con la
mayor claridad por Tomás de Aquino, de que había tres clases de
derecho: el divino, es decir, la propia voluntad divina; el natural,
un reflejo perfecto o encarnación del derecho divino en el mundo de la
naturaleza; y el humano, el intento completamente imperfecto de los
hombres de aproximarse a la voluntad divina dentro de la sociedad.
Nacida en el pecado
original, la humanidad era falible por definición y sólo por la gracia
de Dios algunas personas eran menos falibles que las demás. Por lo
tanto, la meta de la organización política era elevar a los menos
falibles al poder para que pudieran interpretar y ejecutar la voluntad
de Dios de un modo
superior. Y el gobernante, una vez en el poder, era responsable ante
su conciencia y ante Dios, no ante la voluntad del pueblo.
Este razonamiento proporcionó una justificación convincente para la
supremacía de la monarquía española. Su origen teológico revelaba y
fortalecía estrechos vínculos entre la Iglesia y el Estado. Este
código, resucitado a menudo en la época poscolonial, también
proporcionó, como
veremos, una crítica devastadora de la teoría democrática. Andando el
tiempo, los gobernantes legitimarían su poder mediante aspectos
residuales de la doctrina católica y romana tradicional.
La estructura económica del imperio era un reflejo de la teoría
mercantilista predominante de que la actividad económica debía realzar
el poder y prestigio del Estado, medido por las barras de oro o plata.
Un buen mercantilismo había de presentar una balanza comercial
favorable y adquirir especias o lingotes como pago. Siguiendo esta
lógica, España trató de monopolizar el acceso a la riqueza descubierta
en el Nuevo Mundo. El objetivo principal fue la minería, primero de
oro y luego fundamentalmente de plata. Otro objetivo era mantener un
control completo sobre el
comercio. En contraste, la agricultura recibió al principio poca
atención de las autoridades reales (excepto si se trataba de productos
de exportación) y la manufactura, cuando se consideró más tarde, se
desalentó de forma activa.

El fundamento central de esta economía fue el trabajo indígena, que se obtenía mediante una forma u otra de coerción. Los nativos pagaban tributo a la corona y a sus emisarios. Como resultaba crítico obtener una fuerza laboral barata, la corona española, los colonizadores y los clérigos lucharon con acritud para controlar a los indios. En 1542, para reducir a los colonizadores, el rey decretó las Nuevas Leyes con el fin de proteger a los indios al apartarlos e la tutela directa de los conquistadores y ponerlos bajo la jurisdicción directa de la corona.

En 1600 la corona había logrado ampliamente su objetivo, al menos en términos legales. Sin embargo, en la realidad, estos cambios sólo alteraron la forma legal de la opresión, ya que ésta persistió. Para los indios, la conquista significó sobre todo un descenso drástico de la población. Los estudiosos han discutido mucho y con dureza acerca del tamaño de la población indígena a la llegada de los españoles. Las investigaciones más fiables sobre México central sitúan la población anterior a la conquista, en 1519, en alrededor de 25 millones; para 1523 la cifra es de 16,8 millones, para 1580 de 1,9 millones y para 1605 de un millón, lo que significa un descenso total del 95 por 100. Los datos sobre Perú son menos completos, pero también evidencian un descenso continuo, de 1,3 millones en 1570 (cuarenta años después de la conquista) a menos de 600.000 en 1620, una caída de más de un 50 por 100. Aunque no se cuente con magnitudes exactas, sin duda la conquista ocasionó un desastre demográfico, atribuible en gran medida a enfermedades como la viruela, el sarampión y la gripe.

Los indios supervivientes vieron socavado y distorsionado su orden social. Obligados a entregar su trabajo a los españoles, lucharon por mantener sus redes sociales tradicionales. Las tierras más fértiles fueron usurpadas por los conquistadores, quienes, en muchos casos, las dedicaron a la ganadería. Los indios contemplaron la destrucción de los símbolos de su antigua religión y se apegaron a cuantas prácticas sincréticas pudieron idear. Las enfermedades causaron más bajas entre los hombres que entre las mujeres, lo cual, al desequilibrar los sexos, condujo a una ruptura mayor de los patrones de matrimonio y de la estructura familiar.

Para paliar el descenso de la población indígena, particularmente en las regiones de tierras bajas tropicales, los españoles comenzaron a importar esclavos negros de África, práctica que ya era conocida en España, Portugal y sus islas atlánticas. Entre 1518 y 1870, la América española importó más de un millón y medio de esclavos -más de un 16 por 100 del total del comercio esclavista atlántico-, la mayor parte a través de Cuba y el extremo septentrional de Suramérica, destinados al trabajo en las zonas de tierras bajas costeras. Brasil, con sus dilatadas plantaciones de azúcar, llevó alrededor de 3,7 millones. Como veremos más adelante, América Latina produjo sociedades con un gran componente multirracial, en contraste con la sociedad birracial altamente polarizada que se desarrolló en Norteamérica.

Los tres componentes étnicos de la población colonial hispanoamericana - indios, europeos y africanos- se combinaron en una estructura social que se dividía por líneas de raza y función. El sector blanco, que incluía menos del 2 por 100 de la población del siglo XVI, era el más poderoso y de mayor prestigio. En ese mismo periodo, el grupo mestizo incluía a los negros libres, los mestizos (hijos de indios y blancos) y los mulatos -en conjunto, menos del 3 por 100 del total. Los indios, más del 95 por 100 de la población, se situaban en una posición única, limitada cuidadosamente y protegida por una batería de leyes reales.

Había además otras relaciones sociales importantes. Una era la rivalidad entre los blancos nacidos en España (peninsulares) y los blancos nacidos en el Nuevo Mundo (criollos). Otra era la estructura de la ocupación desempeñada: la de la Iglesia, el ejército, los comerciantes o los ganaderos. Estas categorías sociales que se solapaban produjeron en la América española colonial un complejo sistema de estratificación en el que la posición social constituía la recompensa principal. El conflicto entre peninsulares y criollos acabaría dando forma a las luchas que llevaron a la independencia del dominio europeo.

La interacción entre los grupos raciales no llegaba a ser tirante, sino que era tenue. Aunque se hallaba extendido el concubinato interracial, es probable que el matrimonio de este tipo fuera raro y, de producirse, seguiría gradaciones: los blancos podrían casarse con mestizos y éstos con indios, pero rara vez los blancos se casarían con indios. A medida que se extendió la consagración civil y religiosa a las uniones interraciales, en especial a aquellas en las que tomaban parte los blancos, se fueron borrando las fronteras sociales, legitimando las aspiraciones de movilidad y fomentando la incertidumbre acerca del sistema de estratificación. Indudablemente, existía movilidad, tanto social como geográfica, y los individuos podían experimentar un cambio considerable durante su vida.

El matrimonio y las costumbres familiares solían dar por sentado el dominio masculino sobre las mujeres. El culto a la superioridad masculina (machismo) apareció pronto en América Latina, dentro de una amplia escala de estratos sociales y étnicos, y muchas mujeres llevaron una vida restringida. Pero, contra la imagen estereotipada, la familia tipo no siempre estaba encabezada por un patriarca masculino que presidía una gran prole de hijos. Era mucho más habitual que las familias estuvieran formadas por parejas casadas de una edad razonablemente próxima y de dos a cuatro hijos.

No obstante, no todas las mujeres se casaban y las que lo hacían no permanecían en ese estado de por vida. Los datos acerca del siglo xvi son dispersos, pero ya en 1811, según los resultados de los censos, sólo el 44 por 100 de las mujeres adultas de la Ciudad de México estaban casadas. Muchas eran viudas y aproximadamente un tercio de los hogares de esa ciudad tenían a la cabeza una mujer, en parte debido a la inferior expectativa de vida de los hombres. Sea por la razón que fuere, muchas mujeres mexicanas pasaban gran parte de sus vidas como solteras.

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