REVOLUCIÓN CONTRA EL RÍO DE LA PLATA INDEPENDENCIA DE URUGUAY
La revolución engendró más revolución, y la independencia se alimentó de sí misma. Mientras el interior del Río de la Plata desafiaba la política unitaria de Buenos Aires, las provincias de la periferia rechazaban cualquier asociación con el nuevo estado y buscaban sus propias soluciones políticas. El éxito de Uruguay, Paraguay y Bolivia en declarar su independencia fue en parte producto de su aislamiento tras los ríos, desiertos y montañas, y de la incapacidad de Buenos Aires para enviar fuerzas militares suficientes contra ellas. Pero su origen real procedía de la convicción de que sus intereses no podían realizarse dentro de las Provincias Unidas y necesitaban de la autodeterminación. Persiguiendo este objetivo la prueba más dura la sufrió Uruguay.
La Banda Oriental, situada entre el río Uruguay y el Atlántico, era un país poco poblado y escasamente urbanizado cuyo principal recurso era el fértil y regado suelo de sus ondulantes praderas, que hicieron de ella durante el período colonial la más-rica reserva ganadera de la totalidad del Río de la Plata. Tenía poco más de cuarenta mil habitantes en 1810, muchos de los cuales eran gauchos nómadas de origen mestizo y mulato, cuya principal actividad era la caza de ganado salvaje . Durante el siglo xviii, la tierra y la gente empezaron a ser controlados de modo creciente. La expansión de la industria ganadera dio origen a una nueva y poderosa clase terrateniente, nacida en parte de los intereses locales y en parte de los recientes y vigorosos inmigrantes procedentes del norte de España; estos grupos se enriquecieron con las concesiones de tierra que dividieron el país en una serie de grandes estancias basadas en el trabajo de gauchos y de esclavos. Los Durán, Martínez de Haedo, Alzáibar, Viana, Arias, Villanueva, Rivera y García de Zúñiga eran algunos de los miembros de la nueva aristocracia, propietarios de inmensas fincas, patriarcales y autosuficientes .El desarrollo rural también atrajo a más comerciantes a la provincia, muchos de los cuales eran peninsulares, que se convertieron en exportadores de cueros y carne salada, constructores de barcos y tratantes de esclavos. Los comerciantes tenían tendencia a explotar a los productores rurales y supusieron un elemento de antipatía hispanocriolla. Pero no había una gran separación de intereses entre el comercio y la tierra: muchos comerciantes invertían en tierras, y un número de estancieros de éxito emplearon sus activos en el tratamiento de cueros, saladeros, navegación y comercio .
En el sistema imperial español la Banda Oriental tenía un triple significado, estratégico, político y comercial. Su importancia estratégica residía en su posición dominante en la entrada al Río de la Plata, desde donde podía controlar el tráfico de dentro y de fuera de este gran complejo fluvial. Era, además, un amortiguador entre Brasil y Río de la Plata, y por tanto objeto de intensa competencia entre Portugal y España. Por el lado español era de particular interés para Buenos Aires, primordialmente como fuente de recursos ganaderos, siendo considerada «como una especie de gran estancia arrendada por Buenos Aires» . La situación de la Banda Oriental, y el vacío de su frontera del norte, invitaban también a la intervención portuguesa -cuatreros en busca de ganado, comerciantes buscando mercado-, y ello forzó a España a preocuparse por la provincia. La portuguesa Colonia do Sacramento, fundada en 1680 en la orilla norte del Río de la Plata, era tanto un centro de contrabando como un avanzado puesto imperial, y se convirtió en una activa amenaza contra los intereses españoles. España replicó fundando Montevideo en la década de 1720. Era ésta una base defensiva que eventualmente daría una capital a la zona. La defensa se fortaleció más en 1776, con la creación del virreinato del Río de la Plata y la retirada de los portugueses de Colonia do Sacramento. El estatuto virreinal realzó la posición de Buenos Aires y la hizo más sensible al creciente poder de Montevideo. Este último se convirtió en un eslabón vital para la defensa imperial y en un importante centro administrativo; inevitablemente se convirtió también en la capital de la Banda Oriental y adquirió identidad política. Ahora tenía su propio gobernador, aunque estuviera subordinado al gobernador de Buenos Aires y, desde 1776, al virrey.
El papel comercial de Montevideo anduvo parejo a su crecimiento político. Incluso durante el régimen de puerto cerrado su actividad de contrabando le quitó comercio a Buenos Aires y despertó el resentimiento de los comerciantes españoles de allí. Pero el crecimiento del comercio legítimo desde 1778, cuando Montevideo pudo participar en los beneficios del comercio libre, supuso una prosperidad mayor para el puerto y la hostilidad de Buenos Aires. Montevideo ahora disfrutaba de comercio directo con España y de comercio intercolonial en las Américas; consiguió aduanas propias y funcionarios del tesoro . Por supuesto, Montevideo tenía ventajas naturales sobre Buenos Aires en la competencia por los mercados europeos y americanos: tenía un muelle, estaba cerca del Atlántico, además de ser el primer puerto de escala, y tenía un hinterland rico en productos exportables procedentes de la estancia y del saladero. Buenos Aires era muy consciente de esta competencia e intentó reducirla; mientras que la implantación de un consulado en 1794 hizo avanzar sus propias demandas monopolistas, Buenos Aires denegó todas las concesiones a Montevideo e incluso rehusó autorizar mejoras en su puerto .La explotadora política «colonial» parecía llegar a 1a Banda Oriental no directamente desde España, sino desde Buenos Aires. Montevideo miraba hacia el poder imperial para que la protegiera de los intereses sectoriales de su inmediata metrópoli del otro -lado del río. Y las peticiones de concesiones comerciales se acompañaban con peticiones de autonomía administrativa: en 1807 Montevideo pidió que, como premio por los daños sufridos y servicios prestados durante las invasiones británicas, se le asignaran una intendencia y un consulado, esto es una unidad administrativa y una institución económica separadas de Buenos Aires . Esta petición no le fue concedida, pero en 1808 el gobernador de Montevideo, Francisco Javier -Elío fue nombrado gobernador de toda la Banda Oriental, un cargo nuevo y de importancia. Entretanto, después de seis meses de ocupación y de comercio británico, Montevideo era contraria a volver a su situación de satélite dependiente de Buenos Aires y de los monopolistas del otro lado del río.
La rivalidad entre Buenos Aires y Montevideo, por lo tanto, tenía una larga historia y procedía de un choque de intereses. Era casi inevitable que en 1808 cada una de ellas reaccionara de modo diferente ante las noticias de la crisis de gobierno en España, y que la latente rivalidad estallara en una abierta hostilidad. Montevideo, bajo el mando de Elío, «un español a la antigua completamente fiel a la causa de la madre patria», reconoció inmediatamente los derechos de Fernando VII en España, mientras que en Buenos Aires Liniers dudaba . En 6-7 de septiembre Elío exigió la retirada de Liniers. Junto con la exigencia portuguesa de cesión de la Banda Oriental al Brasil, esto dio a Buenos Aires la impresión de traición . De esta manera prevaleció la sospecha mutua, Montevideo creyendo que Liniers iba a venderse a Francia, y Buenos Aires que Elío era un instrumento de Portugal. Cuando Liniers intentó deponer a Elío, Montevideo se resistió, convocó un cabildo abierto, y éste se convirtió en una junta de gobierno bajo la presidencia de Elío, siguiendo el ejemplo español. De esta manera Montevideo afirmó su lealtad a España, y su emancipación de Buenos Aires. Las hostilidades entre los dos puertos empezaron en el mar, porque cada uno de ellos intentó bloquear al otro y competir por el comercio británico.
La revolución de Buenos Aires no podía ser la revolución de Montevideo. Hubo una breve y superficial reconciliación entre los ,dos rivales en 1809 con la llegada del nuevo virrey, Cisneros, pero éste era más aceptable para la realista Montevideo que para la disidente Buenos Aires. Y pronto perdió el apoyo de Montevideo al destituir al incontrolable Elío. Nunca tuvo el apoyo de los criollos de Buenos Aires y fue depuesto por ellos en mayo de 1810. Pero Montevideo rehusó aceptar la revolución de mayo. En primer lugar, ésta llegó en forma equivocada. Los revolucionarios de Buenos Aires requirieron a Montevideo para que reconociera su junta. ¿Pero por qué tenía que ser excluido el pueblo de Montevideo de la reversión de la soberanía exigida por Buenos Aires? ¿Por qué no podía decidir por sí mismo? ¿Porqué, después de haber buscado durante tanto tiempo liberarse de Buenos Aires, tenía ahora que sometérsele? . De este modo Montevideo rechazó el requerimiento y decidió reconocer al consejo de regencia en España. La única manera de conseguir la independencia de Buenos Aires era, al parecer, la lealtad a España. Éste era el dilema de los criollos. Para ellos la lealtad a España era sólo un medio para un fin, la emancipación de Buenos Aires. Pero esto significaba que Montevideo y la Banda Oriental serían colocados bajo el gobierno de los partidarios de España, cuando en el resto del Río de la Plata el movimiento de independencia crecía en ímpetu. Al ocurrir esto, los criollos de Montevideo se encontraron en una falsa posición. En este punto la resistencia a Buenos Aires era una victoria para los realistas más que para el partido criollo de Montevideo.
Hubo algunos que se dieron cuenta de esto, entre ellos José Gervasio Artigas, un caudillo gaucho, cuya carrera hasta entonces había sido una mezcla curiosa, puesto que vivía en la ilegalidad y al mismo- tiempo era un funcionario ejecutor de la ley. Artigas había nacido en una familia de terratenientes y militares criollos en Montevideo, y empezó su vida como fiero líder de gauchos malos, una banda de cuatreros y contrabandistas que operaban cerca de la frontera brasileña . Aprovechando su experiencia se alistó en una fuerza oficial española, el Cuerpo de Blandengues organizado para limpiar al país de forajidos y de contrabandistas. Esta experiencia le valió para ampliar su conocimiento del campo, la frontera del norte y la penetración portuguesa. En 1810 era un hombre de cierta categoría en la Banda Oriental y un reconocido líder gaucho. En febrero de 1811 se unió al movimiento de independencia en Buenos Aires, y la junta le proporcionó una pequeña fuerza para ayudar a llevar la revolución a la Banda Oriental.
Ahora el frente político de la Banda Oriental se había roto. Y las divisiones se habían hecho mayores debido a dos importantes factores. En primer lugar, el elevado costo dé la administración del país como provincia separada y base española tuvo que sostenerse aumentando los impuestos sobre la propiedad y el comercio. Esto provocó represalias. Una medida financiera en particular provocó un gran resentimiento entre la clase de los estancieros. El gobierno de Montevideo ordenó a todos los estancieros a mostrar los títulos de propiedad de sus tierras. Y los que no pudieran hacerlo tenían que pagar el precio de compra de su finca, o ésta era subastada como propiedad real . En segundo lugar, la presión sobre la Banda Oriental aumentó cuando Elío volvió como virrey a principios de 1811. Para reforzar la política financiera del gobierno, el interior tuvo que ser dominado por las tropas españolas. Ahora la Banda Oriental se dio cuenta precisamente de lo que era: una colonia ocupada . Esto no era autonomía. Y en febrero, con prisa indecente, Elío declaró la guerra a Buenos Aires.
Ésta fue la chispa que prendió fuego al verdadero movimiento de independencia de la Banda Oriental. La oposición política ya había sido preparada por grupos de intelectuales, hombres de leyes y clérigos, dentro y fuera de Montevideo. Pero la columna vertebral de la revolución estaba en el campo, donde los estancieros y sus seguidores gauchos se alzaron para unirse a Buenos Aires en oposición contra España. En el remoto rincón sudoeste de la provincia un pequeño ejército gaucho mandado por caudillos rurales se reunió y lanzó el grito de Asencio (26 de febrero de 1811), que inició la revolución. El movimiento se extendió rápidamente por toda la provincia y recibió refuerzos de fuera: Belgrano envió tropas de los restos de su abortada expedición al Paraguay; Buenos Aires envió una fuerza mandada por José Rondeau .Y Artigas, cruzando desde Entre Ríos con su propio destacamento, llegó para tomar el mando de la vanguardia de las fuerzas patriotas; éstas derrotaron a los españoles en un importante encuentro en Las Piedras y empezaron a presionar sobre Montevideo.
La base de poder del movimiento de Artigas era la clase de los estancieros, la mayoría de los cuales, directa o indirectamente, apoyaban la revuelta de 1811. Los Durán, García de Zúñiga, Barreiro, Gregorio Espinosa y muchos otros trajeron consigo a sus peones y sus recursos para la causa revolucionaria y la apoyaron en los años siguientes. Tenían sus razones para hacerlo; ésta era su respuesta a las pesadas exigencias de impuestos de Montevideo para la guerra contra Buenos Aires y a la nueva revisión de los títulos de propiedad de la tierra que las autoridades españolas querían imponerles. Pero su propio interés coincidía con los intereses de su provincia y con el patriotismo de su líder. Confiaban en Artigas debido a sus orígenes como estanciero y porque sus éxitos militares de antes de 1811 habían llevado la ley y el orden al campo, una causa que era la suya. Sin embargo, Artigas recibió poco apoyo de los comerciantes de Montevideo; españoles por nacionalidad o por simpatía, apoyaban la causa realista esperando recompensas monopolistas. Por el momento tenían pocas opciones. Montevideo era el centro del poder de Elío; desde allí él controlaba y mantenía el dominio del mar, lo que le permitía recibir abastecimientos y refuerzos y hostigar a Buenos Aires. Y para recobrar su posición por tierra jugó con otra posibilidad: la cooperación con Portugal.
Los objetivos de Portugal en el Río de la Plata eran inteligibles, aunque brutales. Abiertamente quería simplemente restaurar la estabilidad en la zona para impedir desórdenes revolucionarios que subvirtieran su posición en Brasil. En realidad, Portugal quería explotar la inestabilidad para extender el Brasil hasta las orillas del Río de la Plata y aumentar con una gran riqueza y poder su imperio. Elío confundió la propaganda con la verdad. Acorralado en Montevideo, creía que podría hacer un llamamiento a Portugal para someter a los insurgentes alzados contra su aliada España, y luego persuadirle para que se fuera . Se equivocó totalmente. En la segunda mitad de 1811 un ejército portugués avanzó hacia el sur, penetró profundamente en la Banda Orienta! y dio señales de querer quedarse. Como era predecible, esto produjo diversas reacciones por parte de los patriotas en Buenos Aires y en la Banda Oriental. Buenos Aires prefería conservar la provincia intacta incluso bajo el gobierno de Elío con tal de que Portugal no se apoderara de ella. Artigas y sus revolucionarios consideraban esto como una venta a Elío y a los realistas españoles. Sin embargo, el miedo a Portugal hizo que Montevideo y Buenos Aires firmaran un tratado de armisticio (20 de octubre de 181l), uniendo a ambas y entregando la Banda Oriental a Elío, como preliminar para conjuntar esfuerzos para expulsar a los portugueses. Y Artigas no fue consultado.
Este armisticio dejó clara una cosa para Artigas: comprendió que no había lugar para él ni independencia para su provincia en la política de Buenos Aires, y que los intereses provinciales eran muy distintos que los de esa ciudad. Recibió así una valiosa lección para el futuro. Por el momento, ¿qué podía hacer? Artigas, que acababa de ser aclamado por sus seguidores jefe de los orientales, emprendió una retirada a través del río Uruguay hacia Entre Ríos. Fue una retirada memorable, un triunfo en la derrota. Artigas salió de su patria con 4.000 hombres. Le seguían además 4.000 civiles, temerosos de las represalias españoles y de la brutalidad portuguesa, un pueblo que buscaba la independencia en el exilio, dejando tras de sí una tierra quemada y un campo vacío . Este gran éxodo del pueblo oriental tuvo una profunda significación en la historia de Uruguay. Fue una experiencia, si no de soberanía popular, sí al menos de soberanía provincial, un anuncio de que en realidad la Banda Oriental prefería la secesión a la subordinación y que no serviría ni a España ni a Buenos Aires. Este acto de desafío podía haber sido un gesto sin sentido si no hubiera habido un líder con un propósito y una política. El éxodo dio a Artigas la indiscutible estatura de líder, la cabeza de un pueblo independiente, el guía en el cual miles de orientales confiaban. Después de esto cualquier relación con Buenos Aires se realizaría en un plano de igualdad: los orientales tomarían la asistencia ofrecida como iguales, no como las órdenes que se les dan a los inferiores .Los orientales del éxodo, en resumen, formaban el núcleo de una nación independiente.
El ejército portugués, huelga decirlo, no compartía estos sentimientos. No estaba dispuesto a retirarse de la Banda Oriental y ni Buenos Aires ni Montevideo podían forzarle a hacerlo. La única potencia capaz de influir en la política portuguesa era Gran Bretaña, cuyo aliado Portugal dependía para sobrevivir en da guerra contra Francia. Gran Bretaña era también aliada de España y tenía que apoyar la posición española en el Río de la Plata manteniendo a los portugueses a raya, en parte para preservar la alianza antifrancesa, en parte para proteger el comercio británico en la zona. El secretario británico de asuntos exteriores, Castiereagh, aclaró que quería «la evacuación incondicional de todas las posesiones hispanoamericanas» por parte de los portugueses, y esto reforzó la posición de lord Strangford, el ministro británico en Río de Janeiro, en sus tratos con el gobierno portugués . Forzó a los portugueses a aceptar los términos del armisticio con Buenos Aires y a sacar sus fuerzas de la Banda Oriental. En este caso, como en otros, los intereses británicos coincidían con los de los patriotas. Porque la Banda Oriental en sí no fue incluida como parte en el armisticio; de este modo, la evacuación portuguesa abrió el camino al retorno de los patriotas. Pero éstos pronto se encontraron con que el terreno no era suyo y que continuaban siendo desafiados por las fuerzas de Buenos Aires. En 1813 artiguistas y porteños asediaban Montevideo, que estaba en poder de los españoles. Fue una difícil alianza.
En Buenos Aires mandaban los centralistas, y eran ellos quienes controlaban la Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas que se celebró a principios de 1813. Esta institución ordenó a la Banda Oriental reconocer su soberanía y enviar representantes. Los orientales se opusieron. El propio Artigas estaba fuertemente influido por la experiencia constitucional de los Estados Unidos; era también consciente de las implicaciones que para las economías locales tenía el centralismo porteño. Abogaba por la autodeterminación para cada provincia individual; éstas se aliarían en una laxa confederación, que con el tiempo quizá se convirtiera en una federación real . Pero el punto de arranque era la autonomía provincial. Las otras provincias del litoral compartían estos sentimientos y se alinearon con Artigas. Como era más capaz que los otros caudillos y ya dirigía un movimiento de liberación, se convirtió en el portavoz reconocido de la resistencia provincial contra el centralismo porteño. Él y sus compañeros orientales plantearon su posición en las «Instrucciones» que fueron debatidas en un congreso local y llevadas por los diputados de la Provincia Oriental a la Asamblea Constituyente . Mantenían una línea más militantemente antiespañola que la de Buenos Aires: pedían una declaración formal de independencia para las Provincias Unidas y redactaron una declaración en este sentido para la Provincia Oriental. Pero el tema crucial era la organización política. Las «Instrucciones» afirmaban la soberanía independiente de la Provincia Oriental, que retendría todos los poderes no expresamente delegados en un gobierno federal; y además pedían gobiernos separados para todas las provincias.
Las «Instrucciones» de 1813 eran el proyecto de un sistema en el cual las provincias tendrían plena soberanía; ésta incluiría la autonomía económica y también el poder de reclutar sus propios ejércitos. El armazón federal sería extremadamente débil, y el gobierno central despojado de todos los medios de controlar a las provincias. No era éste un verdadero federalismo. Reduciría al Río de la Plata a una aglomeración de miniestados gobernados por insignificantes caudillos y estancados en su propia incapacidad, como en realidad ocurrió en los años de anarquía de 1819-1820. El futuro de Argentina no iba en esa dirección, ni en la de un rígido centralismo. La actitud de Buenos Aires no era esperanzadora. La Asamblea Constituyente rehusó aceptar a los diputados orientales. Ello pareció confirmar toda la tesis de Artigas. Entonces se retiró del Sitio de Montevideo y, mientras Buenos Aires lo declaraba un proscrito, dedicó su atención a consolidar la independencia política de la provincia y a levantar en armas a la totalidad del litoral contra Buenos Aires. Montevideo se rindió a las fuerzas de tierra y mar de Buenos Aires en junio de 1814. Pero, con Artigas en abierta oposición y con elementos en Montevideo cooperando con la revolución exterior, ¿qué podía hacer Buenos Aires en la Banda Oriental? Alvear consideraba que una nueva monarquía o un protectorado británico eran preferibles a la anarquía federalista; pero estos desesperados e infructuosos planes tan sólo resaltaban la bancarrota política del régimen porteño . Como alternativa podía abandonar una insostenible posición, evacuar Montevideo y entregarlo a Artigas. Esto fue lo que ocurrió en febrero de 1815.
En 1815, Artigas al menos gobernaba en la Provincia Oriental, la Patria Vieja, como fue llamada . En el mismo año las provincias litorales de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, junto con Córdoba, se agruparon en una llamada Liga Federal y reconocieron a Artigas como el Protector de los Pueblos Libres, el líder de la lucha armada contra Buenos Aires . El «protectorado» en realidad no fue nunca más que una incómoda asamblea de caudillos locales, cada uno de los cuales miraba de reojo a su vecino, al igual que a Buenos Aires. Y era sólo en la Provincia Oriental donde Artigas gobernaba realmente. Incluso allí tenía poco en donde gobernar. Después de cinco años de guerra la provincia era casi un desierto. Los ejércitos habían recorrido de arriba a abajo el país; las fuerzas realistas, patriotas y brasileñas habían vivido del campo, ocupando las estancias, saqueando las propiedades y cazando las reses. «Inmensas cantidades de ganado fueron muertas para conseguir un ingreso de los cueros, y muchas más fueron destruidas como gratificación de los apetitos y de los intereses privados de oficiales y soldados.» Los propietarios rurales se refugiaron en las ciudades y la población trabajadora se dispersó. Las tierras cultivadas eran insuficientes para alimentar a la población, que particularmente tuvo que depender de las importaciones de cereales extranjeros. Pero el comercio también estaba deprimido y producía poco en ingresos o en beneficios del exterior. Montevideo había estado aislada del interior, y en las condiciones de la guerra la producción de esta zona había sufrido un receso.
Artigas intentó reparar la destrucción de la guerra y desarrollar de nuevo al país. Quería promover la economía de la totalidad del Río de la Plata sobre la base de la libertad de comercio para las provincias en general y para la Provincia Oriental en particular. Esto suponía el comercio con Gran Bretaña. En 1815 el comodoro William Bowles, comandante de la estación naval británica, pidió facilidades para los comerciantes británicos, y Artigas abrió los puertos de Montevideo y Colonia con la condición de que los comerciantes extranjeros comerciaran sólo en los puertos, no en el interior, y consignaran sus mercancías a mediadores nativos. Se desarrolló un activo comercio británico del cual el protectorado sacó beneficios en una escala que parecía justificar la firma de un convenio (2 de agosto de 1817) entre Artigas y los funcionarios británicos locales. Éste admitía «un libre comercio para todos los comerciantes ingleses», regulaba el comercio, y otorgaba a los ingleses mejores términos fiscales que aquellos de que gozaban otros comerciantes extranjeros. Aunque el gobierno británico no dio su autorización, Artigas hizo circular la regulación por sus puertos y se desarrolló un comercio mutuo sobre esta base . Pero Artigas estaba tan interesado en la distribución de la riqueza como en su creación.
La política social del régimen tenía unos claros matices radicales. El federalismo en sí mismo, por supuesto, tenía implicaciones sociales. La resistencia provincial al centralismo tenía un precio: significaba a veces impuestos sobre las propiedades rurales y en cualquier caso depredaciones militares en las propiedades y la producción. Había también problemas de reclutamiento. Los caudillos, como Buenos Aires mismo, intentaban atraerse a los esclavos negros ofreciéndoles una especie de emancipación. Artigas también apeló a los esclavos, en el sur del Brasil al igual que en su propia provincia. Esto alarmó aún más a los propietarios:
Sin duda existe una considerable fermentación provocada entre los esclavos por sus proclamaciones y por los ánimos que les ha dado, y es muy probable que muchos de ellos quieran escapar y unirse a su ejército.[...] El sentimiento general entre las gentes propietarias y de cierta consideración, no sólo de esta orilla del Plata sino de la opuesta, es contra Artigas, cuya popularidad, aunque considerable, está totalmente confinada a los bajos niveles de la comunidad y surge de aquellas mismas causas que le hacen más temido por las clases altas, porque no sólo permite sino que anima cualquier exceso y desorden de sus seguidores
En 1815 Artigas redactó un «Reglamento provisorio», un plan para promover la colonización agrícola mediante la concesión de tierras a los que quisieran trabajarlas, con preferencia para los negros, zambos, indios y blancos pobres, a todos los cuales se les otorgarían parcelas, si por su trabajo y honradez se sentían inclinados a su propia felicidad y a la de la provincia . Estas concesiones procedían de las tierras marginales no ocupadas y de las confiscadas a los realistas. Sin duda había razones económicas urgentes para el desarrollo agrario, y esto también puede verse en los decretos de Artigas obligando a los vagabundos a trabajar y urgiendo a las estancias a que volvieran a producir, todos los cuales eran intentos de reunir mano de obra y capital. Pero la reforma agraria era también una inversión social, la obra de un caudillo populista. La formación de grandes fincas en el siglo xviii había concentrado la propiedad en manos de unos pocos, elevado el precio de la tierra y empobrecido a la población sin recursos que no podía adquirir tierras. Fue para ellos para quienes Artigas legisló en 1815. Desgraciadamente sus intenciones rebasaban sus posibilidades. La regulación de 1815 hablaba de la redistribución de las propiedades de los malos europeos y peores americanos, que eran sólo los realistas de cada grupo . Pero hasta esta modesta reforma social alarmó a los estancieros, especialmente a los grandes propietarios absentistas de Montevideo. Y el radicalismo agrario de Artigas con el tiempo se enajenaría a la propia clase de la cual dependía cualquier movimiento político. En cualquier caso, desde 1816 Artigas tuvo que subordinar sus esquemas a las necesidades militares. La joven y heroica Patria Vieja tuvo un brutal final debido a una nueva oleada de invasores portugueses.
Los portugueses del Brasil nunca se habían conformado con su forzada retirada de la Banda Oriental en 1812. Continuaban dispuestos a extender sus fronteras hasta el Río de la Plata y seguían siendo lo bastante poderosos como para hacerlo. Poseían incluso mayores recursos que en 1812. El final de la guerra en Europa dejó disponible a una poderosa división de tropas veteranas bajo el mando del general Carlos Federico Lecór para servir en América. Al mismo tiempo quedó claro para los portugueses que tenían poco que temer de Buenos Aires. Ahora los centralistas porteños recibían con alborozo una oportunidad de destruir a Artigas y a sus federalistas, y Pueyrredón no tuvo escrúpulos en entrar en connivencia con Brasil contra el enemigo común . El pretexto fue casi una formalidad: Artigas había incorporado a la Provincia Oriental parte de la provincia de Misiones, reclamada por Portugal. Declarando que Artigas tenía una «influencia perturbadora», los portugueses la invadieron en agosto de 1816 . Las fuerzas superiores de Lecór avanzaron inexorablemente en dirección sur por tierra y por mar, prometiendo a los orientales paz y prosperidad como parte de un Brasil más grande. Artigas, con menos fuerzas y capacidad de lucha, se vio forzado a rendir Montevideo en enero de 1817 y a concentrar sus esfuerzos en el interior; allí dirigió una tenaz campaña de guerrillas.
Artigas tenía que combatir en dos frentes. Mientras los centralistas de Buenos Aires actuaban en colusión con sus enemigos en la Banda Oriental, también intentaban subvertir su posición en el litoral. Mediante una combinación de fuerza armada y diplomacia, Buenos Aires se esforzó por sacar fuera de la Liga Federal a los caudillos. El intento militar fue un fracaso. La salvaje caballería montonera y las guerrillas gauchas de Santa Fe y Entre Ríos derrotaron a los ejércitos porteños y tomaron la ofensiva contra Buenos Aires, derrotando a los centralistas en Cepeda (1 de febrero de 1820) . Estas victorias contrastaban vívidamente con los descalabros que sufría el Protector. Los portugueses infligieron una decisiva derrota a sus fuerzas en Tacuarembó el 22 de enero de 1820, y Artigas con el resto de sus fuerzas tuvo que retirarse a través del río Uruguay hacia Entre Ríos. Ahora las posiciones se habían invertido; la victoria contra Buenos Aires realzaba la estatura de los caudillos federalistas y los colocaba fuera del control de Artigas. Después de Cepeda, López y Ramírez eran líderes poderosos e independientes, árbitros de la política en el litoral; y no tenían más deseos que Buenos Aires de verse implicados en la guerra de Artigas con Brasil. Artigas no formó parte del interprovincial Pacto del Pilar, y en las discusiones que siguieron «apenas se le mencionó» . Ahora tuvo que sufrir la dura lógica del provincialismo cuando sus propios colegas provinciales se separaron de la Liga Federal. Pronto los caudillos le fueron abiertamente hostiles, y el Protector de los Pueblos Libres se quedó sólo con el apoyo de Corrientes y Misiones . Ramírez aceptó armas procedentes de Buenos Aires y se volvió con fuerza salvaje contra su antiguo aliado, derrotándolo en el campo de batalla, y empujándolo hacia las soledades del norte de Corrientes. El 5 de septiembre de 1820, Artigas cruzó el río Paraná yendo hacia Paraguay en busca de un refugio temporal. El dictador doctor Francia insistió en que el asilo debía ser permanente. Artigas no volvió jamás al mundo exterior, y murió en Paraguay treinta años más tarde.
Mientras las provincias del Río de la Plata combatían ruinosamente entre sí, las fuerzas portuguesas de ocupación se aseguraron el control del territorio conquistado. En julio de 1821 un Congreso Oriental subordinado al nuevo régimen votó la incorporación de la Provincia Oriental al imperio portugués como Estado Cisplatino, y al año siguiente se convirtió en una provincia del Brasil independiente bajo el gobierno relativamente ilustrado, aunque absolutista, del general Lecór. Éste tenía el apoyo de muchos de los más ricos estancieros, posiblemente alarmados por el primitivo populismo de Artigas, tranquilizados por los valores sociales señoriales del Brasil, y satisfechos por la vuelta de la ley y el orden al campo . Incluso tuvo un apoyo mayor de los comerciantes de Montevideo que recibieron con alborozo la vuelta de la estabilidad y se prepararon para beneficiarse de la política de puerto abierto. Estos años dorados del Estado Cisplatino sólo se vieron estropeados por dos cosas: la duradera, aunque adormecida, exigencia del territorio por parte de Buenos Aires, y la supervivencia de un movimiento de resistencia entre los propios orientales.
Artigas fue una víctima de sus propios ideales, destruidos por el mismo provincialismo que había ayudado a crear. Pero en su patria dejó un programa y un núcleo de un movimiento de independencia y esto no podía ser destruido. Juan Antonio Lavalleja, un oficial de Artigas y veterano de las guerras patrióticas, fue el primero en revivir la idea de liberación. Después de un fracasado intento de provocar una revuelta en Tacuarembó, huyó hacia Buenos Aires y allí formó una organización revolucionaria en el exilio. Las noticias de Ayacucho (diciembre de 1824), la última gran victoria del ejército de Bolívar, dio rienda suelta a un torrente de fervor nacionalista en Buenos Aires; ahora la Provincia Oriental era la única parte de la Sudamérica española que estaba bajo dominio extranjero. Mientras Buenos Aires preparaba la guerra con Brasil, los propios orientales dieron el primer golpe. Un grupo de voluntarios dirigidos por Lavalleja, los Treinta y Tres Orientales, cruzaron el Río de la Plata en barcas el 19 de abril de 1825 y desembarcaron cerca de Colonia para activar el latente movimiento de resistencia en el interior. Los patriotas proyectaban algún tipo de autonomía todavía no muy definida: su dependencia del apoyo de Buenos Aires les impedía hablar de independencia absoluta. La expedición de los Treinta y Tres fue privadamente financiada por un grupo de estancieros de Buenos Aires dirigidos por Anchorena. ¿Era ésta una inversión para el futuro? ¿Aspiraban los estancieros porteños a continuar controlando a un competidor? El gobierno porteño tenía objetivos muy claros. Desde octubre de 1825 empezó a financiar y a apoyar a los patriotas, no para la independencia sino para la unión con las Provincias Unidas. A despecho de su ambigüedad política, la revolución pronto dominó el campo, extrayendo al principio sus apoyos de los gauchos y de los pequeños estancieros; pronto el dominio de Brasil quedó confinado a las ciudades, y Lavalleja se convirtió en gobernador de la Provincia Oriental. Brasil respondió declarando la guerra a las Provincias Unidas en diciembre de 1825.
Así, a finales de 1825 había tres fuerzas en la Provincia Oriental: Brasil, que combatía por conservar su nuevo dominio; Buenos Aires, para incorporar la zona a las Provincias Unidas; y los orientales, para conseguir el autogobierno dentro de una confederación argentina. Dos factores cambiaron la situación en favor de la independencia absoluta del Uruguay. En las Provincias Unidas la constitución centralista de 1826, promulgada por el presidente Rivadavia, era una fachada y una provocación . Fue rechazada por las provincias y por los federales del propio Buenos Aires. Y exponía descarnadamente las pretensiones de los centralistas porteños, y su debilidad. Rivadavia tuvo que retirar sus fuerzas de la Provincia Oriental para luchar contra los federales en su propio terreno. Cuando perdió la batalla por el poder central, la autonomía provincial ganó fuerzas. Fructuoso Rivera, hijo de una de las más ricas familias de terratenientes de la Provincia Oriental, aprovechó la oportunidad para encaminarse hacia la completa independencia. Rivera era un antiguo oficial de Artigas y después del colapso del esfuerzo de guerra oriental se había sometido a los portugueses en 1820. A principios de 1828, reclutó una fuerza de guerrillas procedente de la Provincia Oriental y del litoral, avanzó a lo largo del río Uruguay y conquistó la brasileña Misiones. Por fin los orientales tenían algo con que negociar.
Mientras tanto, Brasil y las Provincias Unidas habían dejado exhaustos sus recursos militares y combatían hasta el agotamiento. El resultado fue un punto muerto; la balanza del poder estaba demasiado equilibrada entre los dos países para que uno de ellos consiguiera una clara victoria. Así, debido a la falta de alternativas, la Provincia Oriental surgió como nación independiente de sus dos grandes vecinos. El vehículo de la independencia fue la mediación británica que se inició en 1826 y reforzó los esfuerzos militares de los patriotas. Como en 1812, Gran Bretaña tenía «motivos de interés propio al igual que benevolencia» para buscar una fórmula de paz . La guerra estaba perjudicando el comercio británico en el Atlántico sur y los comerciantes sufrían graves pérdidas debido al bloqueo brasileño de Buenos Aires y al aumento de la piratería. Y políticamente Canning daba una curiosa importancia a la conservación de al menos una monarquía en las Américas, salvando a Brasil de sí misma y de sus vecinos republicanos. Gran Bretaña tenía una considerable influencia sobre los gobiernos de Río de Janeiro y de Buenos Aires, pero no había sido capaz de impedir la guerra y encontraba dificultades para restablecer la paz. En 1826 Canning envió a lord John Ponsonby para buscar una solución . Él aconsejó pragmatismo y evitar toda discusión de «legítimos derechos abstractos», porque, como decía, «el valor de Montevideo para cada parte, consiste menos, tal vez, en el positivo beneficio que pueden esperar se derive de su posesión que en el perjuicio que ellos tienen de su posesión por el contrario» . Canning consideraba la posibilidad de independencia para Montevideo, pero sin gran confianza; sin embargo Ponsonby se convenció pronto de que los orientales estaban ya listos para la independencia: «Es un hecho indiscutible que a los orientales les gusta todavía menos estar sujetos a Buenos Aires que al Brasil, y que la independencia es su deseo más querido» . A finales de octubre de 1826 Ponsonby había persuadido a Buenos Aires para que le permitiera un acercamiento a Brasil con una fórmula de independencia, aunque no podía ofrecer una garantía británica para la existencia del nuevo estado. Con el emperador del Brasil, sin embargo, no tuvo éxito, y en noviembre Canning dio instrucciones a Ponsonby para que se mantuviera apartado y permitiera que el paso del tiempo devolviera la sensatez a los beligerantes, ya que «los sucesos de la guerra quizá agotarían y dejarían exhaustas a ambas partes» . Era un consejo razonable. En el curso de 1828 Ponsonby pudo explotar el punto muerto militar y llevar a las dos potencias a la mesa de negociaciones sobre la base de la independencia de la Provincia Oriental.
Ahora los orientales de fuera de Montevideo y Colonia eran de hecho libres y se gobernaban a sí mismos. Fue un reconocimiento de los hechos el que Brasil y las Provincias Unidas firmaran un tratado de paz (27 de agosto de 1828), declarando la independencia de la Provincia Oriental . En 1830 el Estado Oriental del Uruguay tuvo su primera constitución, que culminó y completó la lucha por la independencia . Las pasadas diferencias políticas -tanto acciones como opiniones- se declararon anuladas; esta amnistía aparentemente generosa era una muestra de legislación clasista, porque pretendía beneficiar a los miembros de las clases altas que habían 42. colaborado con Buenos Aires o Brasil. En otros aspectos también esta sedicente constitución liberal era un documento socialmente conservador que estaba lejos de los ideales de Artigas. Hablaba de un gobierno representativo, pero en él sólo estaba representado un pequeño sector de la sociedad. Ciertas categorías, comprendiendo aquellos que habían soportado el peso del servicio activo de las guerras de independencia, fueron específicamente excluidas del sufragio: peones, vaqueros, trabajadores asalariados, soldados rasos y vagabundos -un término lo suficientemente vago como para cubrir la totalidad de la población gaucha- se vieron desprovistos del derecho al voto. Para ser diputado o senador un hombre tenía que ser propietario con un capital de 4.000 o 10.000 pesos respectivamente, o tener una profesión, ocupación o cargo que le produjera una renta equivalente. En 1842 menos del 7 por ciento de la población de Montevideo, e incluso todavía menos en el campo, votaba en las elecciones nacionales. Habiéndose asegurado del control del estado, la clase dominante del Uruguay se las arregló para que éste tuviera poco que hacer. Las diversas libertades inscritas en la constitución de 1830, libertad de comercio, de opinión y de prensa, la abolición del mayorazgo y de los fueros eclesiástico y militar, todas esas clásicas medidas liberales crearon un sistema de laissez-faire que tenía poco sentido para las masas populares. Y nunca más se volvió a oír hablar de la reforma agraria iniciada por Artigas. Sólo la abolición de la trata de esclavos y el final de la esclavitud fueron un débil eco de los ideales del precursor.