lunes, 7 de septiembre de 2009

Clase del 7 de setiembre

América Latina en el siglo XIX [1]

En el siglo XIX tuvieron lugar en América Latina una serie de transformaciones sustanciales que comenzaron por su independencia de las antiguas metrópolis y, en consecuencia, de la ruptura del pacto colonial, y culminaron con su plena integración en el sistema económico internacional que se estaba configurando en esa centuria. El proceso fue complejo y tuvo características diferentes en los distintos territorios en función de la situación previa de cada uno de ellos, especialmente en lo que se refiere al desarrollo de las elites locales y a las relaciones que cada zona tenía previamente con las potencias extranjeras ajenas a los dos grandes imperios coloniales. No obstante, al margen de las diferencias, el resultado en todos ellos fue la conformación de nuevos Estados, con sistemas políticos y de relaciones internacionales muy diferentes de los que habían tenido hasta entonces, a pesar de que, en muchas de sus estructuras sociales y económicas, perviviera la herencia colonial.

1. El largo camino a la independencia

Las luchas por la independencia de las colonias ibéricas en el continente americano, aparentemente repentinas, fueron, en realidad, el resultado de un largo proceso. Y sus causas, debatidas repetidamente por la historiografía americanista, resultan complejas y variadas. No obstante, podrían resumirse en un fenómeno que venia gestándose desde mucho antes de que sus protagonistas llegaran siquiera a pensar en la emancipación: la paulatina toma de conciencia por parte de los habitantes del Nuevo Mundo de su propia identidad económica, política y cultural, acentuada por los esfuerzos metropolitanos para incrementar el control sobre sus posesiones ultra-marinas a lo largo del siglo XVIII.

La crisis en la que había entrado el sistema mercantilista por la creciente influencia de potencias coloniales rivales y, en el caso español, por la propia crisis del Estado, obligo a las monarquías a transformar el pacto colonial vigente desde los comienzos de la colonización, iniciando una serie de reformas en el régimen comercial y en la administración que reforzaran su poder político y económico sobre aquellos territorios, en franca decadencia desde el siglo anterior.

Sin embargo, tanto la reforma administrativa como la comercial tendrían resultados muy diferentes de los inicialmente previstos por las autoridades metropolitanas. Con la primera se logró, como se pretendía, un gobierno más eficaz en las colonias. Pero los criollos preferían una administración ineficaz y, por tanto, menos poderosa; en consecuencia, resultó bastante impopular y las resistencias al cambio, fueron importantes.

En cuanto a la segunda, es cierto que las medidas económicas tuvieron efectos beneficiosos para la prosperidad de los territorios ultramarinos, especialmente en las zonas alejadas de los grandes centros de poder. Pero también lo es que la incapacidad de las metrópolis para abastecerlos de productos manufacturados favoreció el contacto con el nuevo centro económico, Gran Bretaña, en detrimento de las relaciones económicas que tenían con aquéllas. En el caso portugués esos contactos transcurrieron por los cauces legales desde la firma del tratado de Methuen en 1703; en el español, a través del contrabando y, en consecuencia, en claro enfrentamiento con el poder central. Las reformas, al ofrecer nuevas perspectivas al comercio colonial, hicieron sentir más duramente el control metropolitano sobre unas economías en las que la península se limitaba a ser simple intermediaria entre ellas y las potencias europeas, abriendo un conflicto difícil de cerrar.

En esa situación, la invasión de la Península Ibérica por Napoleón, con la consiguiente crisis de autoridad, actuó como detonante para las revoluciones independentistas. Con la prisión en Francia de la familia real española y los políticos peninsulares ocupados en la lucha contra los franceses, Hispanoamérica gozó de una etapa de libertad desconocida hasta entonces, que serviría de ensayo para la independencia. En 1808, tras el alzamiento popular que tuvo lugar en Madrid, en toda la península se destituyó a las autoridades consideradas afrancesadas y se crearon juntas provinciales de gobierno. Y lo mismo ocurrió en las colonias americanas, donde esas juntas, aunque en principio no se declararon separatistas, se convertirían, en la mayor parte de los casos, en el punto de partida para la emancipación.

Se constituyen como respuesta a un poder y a unas autoridades dependientes de un país extranjero, Francia, y se declaran totalmente fieles a la monarquía española en la persona de Fernando VII. Pero, al estar integradas tanto por criollos como por peninsulares -los militares y la alta burocracia española-, permitieron aflorar los desacuerdos existentes entre unos y otros y, al mismo tiempo, pusieron también de manifiesto los enfrentamientos y, recelos, latentes desde hacía tiempo, entre los grandes centros del poder colonial en América y sus dependencias administrativas. Se trasladaron así al plano local -acercándose a la población- los conflictos de intereses tradicionales entre colonia y metrópoli y entre centro y periferia colonial. En este sentido es significativo que las primeras juntas surgieran, en general, en lugares "marginales" para el imperio.

El aislamiento de la junta Central en Cádiz., única ciudad española libre de franceses, fortaleció el poder de las juntas americanas e hizo tomar cada vez mayor consistencia a una autonomía que permitió a los criollos gobernarse por si mismos y, lo que es aún más importante, demostrar que podían hacerlo sin mayores problemas. Después de este ensayo de autogobierno, el paso de la lealtad a la Corona a las sucesivas declaraciones de independencia resultó relativamente fácil.

En un aparente contrasentido, esas declaraciones se produjeron cuando, por primera vez en la historia, la legislación parecía abrir el camino a la participación política de los criollos, cuando la Junta Central -el 22 de enero de l809- decretó que las posesiones españolas en América no eran colonias sino provincias integrantes de la monarquía hispana; que sus pobladores eran ciudadanos con los mismos derechos que los peninsulares y que, por tanto, debían estar representados en ella. Pero esa teórica igualdad de derechos de los ciudadanos españoles de ambos lados del Atlántico nunca existió realmente. En la convocatoria a las Cortes del 14 de febrero de 1810 se estableció un sistema electoral muy diferente para unos y otros; la península contaría con un representante-elegido directamente por los cabezas de familia- por cada cincuenta mil almas. En América, con uno por cada ayuntamiento cabeza de partido, y elegido por los ayuntamientos. El resultado fue que los peninsulares, con diez millones y medio de personas según el censo utilizado para la ocasión, elegían 208 diputados, mientras que los territorios americanos, donde la población era de trece millones, no llegaban a los setenta (Labra, 1914).

Esta discriminación no hizo sino confirmar a los americanos como ciudadanos de segundo orden, contribuyendo al descontento y a los deseos de emancipación que ya habían tomado cuerpo entre los grupos dirigentes. El 19 de abril de 1810 tuvo lugar, en Caracas, el primero de una serie de levantamientos que llevarían, irremisiblemente, a la disgregación de los imperios ibéricos. Los caraqueños decidieron apartar de su cargo al capitán general y crear una junta local independiente de las autoridades españolas; apenas tres meses después, el 5 de julio de aquel mismo año, declararon oficialmente su emancipación. El ejemplo de Caracas fue rápidamente seguido por Buenos Aires, Bogotá, México, Quito y Chile. Comenzaba así, de hecho, la independencia de las provincias continentales de América, con la excepción del Perú, que sólo más tarde se incorporaría al movimiento.

El proceso-como se observa en el cuadro cronológico- fue largo, puesto que las victorias y las derrotas de ambos bandos se alternaron durante algún tiempo. Sin embargo, hacia 1825, después de sangrientas y devastadoras luchas, la emancipación era ya un hecho. Brasil había declarado su independencia en 1822, sin que para ello fuera necesaria una guerra, y España sólo conservaba Cuba y Puerto Rico. Se iniciaba entonces la construcción de un orden nuevo, cuyo establecimiento resultaría mucho más difícil de lo que los criollos pudieran pensar en un principio. De hecho, la segregación no coincidió temporalmente con la formación definitiva de los distintos Estados; sólo marcó el inicio de un proceso que, no por previsto, iba a dejar de encontrar serios problemas.

En el caso de los territorios españoles la primera cuestión que se planteó, antes incluso de finalizadas las guerras de independencia, fue la de la posible creación de una sola nación, manteniendo la unidad política del antiguo Imperio, o la de múltiples países que correspondieran a las distintas entidades administrativas de la colonia. Las razones para la primera opción, defendida por Simón Bolívar, eran dignas de tener en cuenta: la importancia y el poder que podría llegar a tener una gran nación latinoamericana y las ventajas económicas que se derivarían de esa unión; no obstante, prevaleció la segunda.

CRONOLOGÍA DE LA INDEPENDENCIA

1807-1808

Invasión francesa. Salida para Brasil de la familia Braganza y prisión en

Francia de Fernando VII. El gobierno portugués se establece en Río de

Janeiro.

1810

Creación de juntas patrióticas en Caracas, Buenos Aires y Nueva Granada.

Grito de Independencia en México (Miguel Hidalgo y Castilla) y resistencia

realista en Montevideo, Lima y Alto Perú.

1811

Proclamación de la independencia de Venezuela

1812-1813

Constitución de Cádiz. Reconquista española de Venezuela. Bolívar vuelve a

tomar Caracas (1813)

1814-1815

Restauración de Fernando VII y del absolutismo. Segunda reconquista

española en Venezuela y Nueva Granada.

1816-1817

Congreso de Tucumán: declaración de la independencia de las "Provincias

Unidas de Sudamérica". Ocupación de Montevideo por los portugueses.

1818

Victoria de José de San Martín en Maipo: Independencia de Chile con el

gobierno de Bernardo O'Higgins.

1819

Victoria de Bolívar en Boyacá. Congreso de Angosturas y declaración de la

independencia de la Gran Colombia.

1821

Proclamación de Independencia en México (Plan de Iguala). Victoria de

Carabobo. Bolívar llega a Caracas y Sucre a Quito. San Martín llega a Lima:

declaración de la independencia del Perú.

1822

Imperio de Agustín de Iturbide en México y América Central. Pedro i,

emperador del Brasil. Entrevista de Guayaquil (Bolívar-San Martín).

Reconocimiento de la independencia de las colonias ibéricas por parte de

Estados Unidos.

1823

República federal en México, declaración de independencia en Guatemala y

unión de América Central.

1824

Bolívar llega a Perú. Triunfo de Antonio Sucre en Ayacucho, que pone fin a la

resistencia realista en ese país. Reconocimiento de la independencia de las

colonias ibéricas por parte de Gran Bretaña.

1825

Portugal reconoce la independencia brasileña. Sucre consigue la

independencia boliviana.

1826

Congreso de Panamá.

Fuente: Chevalier (1979) y Halperín Donghi (1994)

La fragmentación del Imperio no es algo, sin embargo, que tenga sus orígenes en las guerras independentistas. El sistema colonial había favorecido la aparición y consolidación en América de áreas económicas que, a veces, tenían más contactos con la metrópoli que con las regiones vecinas, con las que, a menudo, entraron en competencia por el mercado peninsular; entre ellas llegaron a producirse importantes conflictos de intereses, especialmente entre los centros del poder colonial y sus áreas periféricas. En ese sentido la guerra no hizo sino confirmar las divisiones internas, que se manifestaron, en muchas ocasiones, incluso antes de terminar aquélla.

Es más, las fronteras nacionales heredadas de España y Portugal, trazadas con frecuencia de manera aleatoria, fueron -y en algunos casos continúan siéndolo hoy- fuente de continuos y duros conflictos (México/América Central, la Gran Colombia, Brasil/Países del Plata) de los que, en ocasiones (Belice o Guyanas y más tarde Panamá) se aprovecharían las potencias extranjeras. Las diferencias eran tales -geografía, población, raza, entre otras- que a veces se podría pensar que lo único en común que tenían los países de la zona era la lengua y el hecho de situarse en el mismo continente.

El Imperio español en América fue sustituido así por un número considerable de países, en contraste con Brasil, donde la mayor parte de la oligarquía estuvo de acuerdo en constituirse en una sola nación y con un sistema político, el imperio, también diferente al de sus vecinos, si exceptuamos la breve experiencia mexicana. Sin embargo, la transformación de las antiguas colonias en Estados independientes no fue inmediata; significó no sólo dotarse de un cuerpo jurídico y redactar e implantar Constituciones, sino además, lo que resultaría más problemático, la búsqueda de equilibrios de poder nada fáciles de conseguir. Al margen de los enfrentamientos bélicos entre las distintas repúblicas, dentro de cada una de ellas los disturbios políticos tardarían, en general, décadas en resolverse y serían una rémora importante a la hora de la consolidación de las recién nacidas repúblicas.

2. La integración en el sistema económico internacional

En el siglo XIX se configuró un nuevo sistema económico internacional condicionado por la Revolución Industrial europea, que exigía materias primas tanto para alimentar un mercado interno creciente como para el propio desarrollo de la industria. En los países latinoamericanos este nuevo sistema se caracterizó por un extraordinario incremento de las exportaciones de productos primarios, tanto de clima templado como tropicales y minerales. Las inversiones extranjeras, los préstamos y, en definitiva, el establecimiento de una potente red bancaria, fueron los primeros indicadores de la inserción latinoamericana y, a su vez, lo que permitió el crecimiento del sector exportador. El resultado fue el desarrollo de nuevas actividades productivas o la ampliación de las que ya existían, llevando a una modernización de la economía, aunque a costa de una fuerte dependencia del nuevo centro económico, Gran Bretaña, con el que, a finales de la centuria, entraría en competencia Estados Unidos.

a) La ruptura del pacto colonial

Las reformas borbónicas y pombalianas de la segunda parte del siglo XVIII habían logrado, en algunos casos, resultados económicos espectaculares. Las exportaciones latinoamericanas no sólo se incrementaron sino que iniciaron una beneficiosa diversificación, y 1o mismo ocurrió con el comercio entre los distintos territorios del Imperio español. Este último afectó, sobre todo, a los productos alimenticios, con el consiguiente auge de la hacienda, la única unidad de producción capaz de suministrar los alimentos que necesitaban unas ciudades que, en gran parte también por los efectos de esas reformas, experimentaron un notable crecimiento. Asimismo se beneficiaron de él algunos productos artesanales, como los textiles de México, que tenían un bien ganado prestigio.

Pero la independencia trastocó, en la mayoría de los casos, esta situación; representó un largo período de disturbios políticos que, inevitablemente, tenían que dejar sentir sus efectos sobre la economía y, en especial, sobre el comercio exterior. La inestabilidad política de América Latina en la primera mitad del siglo XIX se señala, con frecuencia, como causa de su precaria situación económica. No obstante, tan válido puede resultar este argumento como el contrario; las dificultades económicas de aquellos países puede ser uno de los factores que impidieron organizar un sistema de poder estable, ya que los ingresos estatales dependían, sobre todo, de los impuestos sobre el comercio exterior. Lo cierto es que, si bien una situación de inestabilidad política no favorece el crecimiento económico, también lo es que una economía en bancarrota difícilmente pueda proporcionar los recursos suficientes para el establecimiento de un poder estatal digno de ese nombre.

La independencia latinoamericana había representado, desde el punto de vista de la economía, la ruptura del antiguo pacto colonial y la búsqueda de uno nuevo más beneficioso para los terratenientes, en el que éstos pudieran tener un acceso más abierto a los mercados internacionales. Sin embargo, este nuevo pacto no se consolidé, en la mayor parte de los países del área hasta las últimas décadas del siglo XIX; hasta entonces, y como ocurre en el campo político, hubo un período de transición que se divide, a su vez, en dos fases. En la primera de ellas, que llega hasta 1850 aproximadamente, se produjo la apertura al libre comercio; esta apertura significó, en realidad, la sustitución de la antigua metrópoli por una nueva, Gran Bretaña, que gracias a la Revolución Industrial se convertiría, por entonces, en el centro económico mundial.

Ya en el siglo XVIII Gran Bretaña había ido sustituyendo a España en una parte importante de sus mercados americanos. Los territorios alejados de los grandes centros de poder vivían, en la práctica, al margen del sistema de la economía colonial y, en muchos casos, establecieron relaciones significativas con Gran Bretaña. De hecho, las reformas en las reglamentaciones española y portuguesa de la segunda mitad de esa centuria no fueron sino el intento de las metrópolis por recuperar un mercado colonial que habían ido paulatinamente perdiendo en favor del contrabando.

No parece, sin embargo, que tuvieran mucho éxito en este aspecto; el comercio británico suministraba a América Latina los productos y manufacturas que la metrópoli no le proporcionaba -o lo hacía a precios muy elevados- al tiempo que compraba, también a mejor precio, sus materias primas. Gracias a este tráfico, en algunas regiones -por lo general marginales en la estructura imperial- surgió un restringido grupo de productores que, al llegar la emancipación, no parecían dispuestos a vincularse en lo económico a otras antiguas colonias; por el contrario, su mayor interés estaba en la intensificación de ese comercio con los británicos que tan beneficioso estaba resultando para ellos. De hecho, las propias guerras de independencia tuvieron, en sí mismas, importantes elementos de un conflicto interno entre los grandes centros del poder colonial y la periferia del imperio, cuyos intereses eran diferentes, en especial en los casos en que existía un contacto importante con la economía inglesa. Es lo que ocurría, por ejemplo, con los países integrantes del antiguo Virreinato del Río de la Plata, que desde antes de la independencia habían desarrollado un comercio relativamente importante con Gran Bretaña, basado en la exportación de carne y lana a cambio de manufacturas.

Y no sólo no eran uniformes los intereses económicos de los distintos países sino que, dentro de cada uno de ellos, las rivalidades internas en este aspecto eran muy fuertes y se reflejaban en los enfrentamientos entre los defensores del libre comercio, de las exportaciones primarias y de las importaciones baratas, y los partidarios del proteccionismo. Con el triunfo de los primeros los comerciantes británicos, a la búsqueda de mercados para la producción industrial de su país, supieron aprovechar la oportunidad. Ya antes de la década de 1820 se habían establecido en ciudades como Buenos Aires, Valparaíso, Lima o Río de Janeiro, y después de la independencia, contando con el apoyo de las oligarquías terratenientes que controlaban los sectores productivos, los más interesados en el crecimiento de las exportaciones, intensificaron su presencia en la región.

Sin embargo, el desarrollo de un amplio sector exportador no iba a resultar, en general, fácil. Por una parte, entre 1820 y 1850 América Latina encontró serios problemas para abrir mercados en el exterior; éstos eran todavía limitados y de difícil acceso, dada la competencia que en los mercados internacionales representaban las colonias de las distintas potencias europeas. Por otra, la guerra había destruido vidas y propiedades y provocado la huida de capitales nacionales y la descapitalización de las empresas existentes. En esa situación, la recuperación resultaba difícil sin la intervención del capital extranjero, poco accesible también a partir de 1827.

La independencia permitió a los gobiernos latinoamericanos acudir a los mercados internacionales de capital, y en concreto a la bolsa de valores de Londres, donde los inversionistas británicos no dudaron en participar en la compra de los bonos estatales emitidos por aquéllos. Pero la excesiva especulación llevó a una fuerte crisis financiera en 1825, agravada por la situación fiscal de las nuevas repúblicas. La supresión de muchos de los impuestos de la época colonial -algunos de los cuales, como el tributo indígena, hubo luego que volver a implantar- mientras se multiplicaban los gastos que suponían el mantenimiento de los ejércitos, las reclamaciones por daños de guerra, etc., hicieron que los ingresos estatales dependieran, sobre todo, de los gravámenes sobre el comercio exterior. Como las exportaciones, en general, no crecieron en las primeras décadas de vida independiente, tampoco lo hizo la capacidad importadora, con lo que esos ingresos resultaron insuficientes para hacer frente a los empréstitos, de manera que en 1827 todos los países del área, salvo Brasil, suspendieron los servicios de la deuda externa.

Tras esa experiencia el capital extranjero tardaría en volver, dificultando el desarrollo del sector exportador. En esas condiciones, sin inversores nacionales ni extranjeros, el crecimiento de las exportaciones sólo podía afectar a aquellos productos que no necesitaban grandes inversiones iniciales o a aquellos en los que la relación volumen-precio resultaba más favorable. En estos casos estaban el trigo chileno, cacao venezolano o la ganadería argentina y los tintes de la América Central.

Así la minería, una de las principales fuentes de riqueza en la etapa colonial, entró en estos años en una profunda crisis de la que no comenzaría a recuperarse hacia casi mediados del siglo. La guerra de independencia había destruido gran parte de la maquinaria, al tiempo que los conflictos armados en Europa habían alterado la situación de los mercados tradicionales, de manera que en muchos lugares se llego a abandonar la producción. Y aunque los nuevos Estados consideraban que la recuperación del sector era algo prioritario para su economía, la penuria de capital nacional y la inexistencia de inversión extranjera la hacían imposible. En principio, el capital extranjero se mostró dispuesto a intervenir en esa actividad participando, incluso, en la búsqueda de nuevos yacimientos. Entre 1824 y 1825 se crearon veinticinco sociedades mineras británicas para operar en América Latina, con un capital total de 3,5 millones de libras (Bulmer-Thomas, 1998). Sin embargo, esas inversiones se mostraron insuficientes y gran parte de esas compañías terminaron en quiebra, ocasionando no sólo la caída del sector sino el recelo de inversores potenciales.

El estancamiento fue tan grave en algunos casos -México, por ejemplo—- que en la década de 1820 la producción de plata descendió a la mitad en relación con la de los últimos años de la colonia. En otros lugares la crisis no fue tan dura; en Perú, por ejemplo, la producción de plata se duplicó ya en la década de 1930, y, si bien las exportaciones de oro colombiano permanecieron estancadas en la primera mitad del siglo, las de México se duplicaron entre 1820 y l840. Chile, donde la minería era una actividad secundaria antes de la guerra, prosperó realmente en esta época. Por una parte, se incrementó la producción de plata gracias a la aparición de nuevos yacimientos y, por otra, el descubrimiento de minas de cobre casi en superficie, y en lugares cuya situación geográfica permitía abaratar considerablemente los costos de transporte, facilitó el incremento de la producción en momentos en que la demanda mundial de este producto crecía pareja al desarrollo de la industria moderna.

En el resto de América Latina la minería no comenzó a recuperarse hasta la década de 1840. Y lo hizo no en virtud de la introducción de novedades técnicas o grandes inversiones sino gracias al restablecimiento de los mecanismos de producción tradicionales, aunque fueran levemente modificados. Es el caso del guano en Perú que se nutría de un mano de obra poco cualificada y, por lo tanto, barata y cuya explotación requería escasas inversiones. La diferencia con las explotaciones tradicionales fue que el Estado comenzó a tener más interés por las cantidades exportadas que por las producidas y, en lugar de otorgar el usufructo del yacimiento a un particular recibiendo un porcentaje de lo extraído -como se hacía durante la etapa colonial-, hizo concesiones para comercializar una producción determinada en el mercado exterior y por un tiempo limitado, a cambio de una cantidad de dinero previamente estipulada. De esta manera, una producción en la práctica inexistente en 1840 llegó a constituir en 1850, con unas 350 mil toneladas, el 60 por ciento del valor de las exportaciones peruanas (Bulmer-Thomas, 1998). El mismo sistema se aplicó en Bolivia con la plata.

También la agricultura tuvo que hacer frente a graves problemas para su crecimiento. El mercado interno para los productos agrícolas de clima templado era muy reducido, y no existía tampoco una fuerte demanda de ellos en el nuevo centro económico. Y en cuanto a la agricultura tropical, tenía que superar -entre otros obstáculos- la fuerte competencia que representaban las colonias europeas en otras partes del mundo. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con el azúcar que, además de a esa competencia, tuvo que enfrentarse a las medidas de las potencias europeas encaminadas a promover la industria de la remolacha azucarera en el viejo continente. Para otros productos, como el añil en México o la cochinilla de América Central, el problema fueron los productos sintéticos.

En esas condiciones el progreso fue imposible. No obstante, en principio esta agricultura logró mantener el nivel de producción de los últimos años de la etapa colonial pero, para su expansión, necesitaba inversiones que sólo se realizarían en la segunda mitad de la centuria cuando, por una parte, se incrementase la demanda mundial y, por la otra, se fuera produciendo la paulatina intervención del capital extranjero en la zona. El tabaco, por ejemplo, mantuvo el nivel de producción; no obstante, salvo en Colombia hacia 1840, no hubo una expansión significativa. Por su parte, la producción de cacao se resintió por la falta de mano de obra esclava, antes predominante en el sector. Pese a ello, y gracias al incremento de la demanda de chocolate en toda Europa, continuó siendo uno de los principales productos de exportación latinoamericanos; y, en los casos de Venezuela y Ecuador, se logró el incremento de las exportaciones. Sin embargo, entre los frutos tropicales tradicionalmente exportados por América Latina, la expansión más importante se produjo -a pesar de las limitaciones de las que hemos hablado- con el azúcar cubano, que además de beneficiarse por el derrumbe de la industria azucarera de La Española (que luego sería la República Dominicana), encontró un amplio mercado en Estados Unidos.

En general, los productos que más prosperaron fueron los que habían comenzado a exportarse a finales del siglo XVIII y algunos que empezaron a serlo en esta etapa. Es el caso del café brasileño, cuya expansión fue tal que a mediados del siglo XIX constituía casi el 50 por ciento de las exportaciones de ese país; en Colombia este producto no era aún significativo, pero inició un avance que, aunque lento, sería constante, mientras que en Costa Rica, que comenzó su exportación después de 1830, era va en la década siguiente un producto esencial para las exportaciones.

En cuanto a la agricultura para consumo interno, se había visto considerablemente beneficiada por el crecimiento económico de los últimos años del siglo XVIII, de manera que, al tiempo que se extendía por algunas zonas la pequeña propiedad, las haciendas lograban también un excedente para vender en las ciudades. Después de la independencia, superadas las perturbaciones políticas más graves, continuó su ritmo de producción. No necesitaba grandes inversiones y -pese a las quejas de los hacendados-, gracias a los mecanismos de control de la hacienda, contaba con mano de obra suficiente para no verse afectada por el estancamiento en el que se vio inmerso al sector exportador.

La realidad es que esa agricultura tenía su propia barrera en su baja productividad, pero tanto en producción como en empleo de mano de obra superaba con creces la destinada a la exportación. Las limitaciones aduaneras de los nuevos Estados, que dificultaron el tráfico entre regiones, podían haber sido un serio obstáculo a esta producción, pero el mantenimiento de las restricciones a la importación (le muchos alimentos en casi todos los nuevos países y los altos costos del transporte hicieron que apenas se viera afectada por la ampliación del libre comercio.

Por lo que se refiere al sector manufacturero, no existía al margen de la producción artesanal. A la demanda de alimentos procesados respondía la industria casera; a la de textiles, los obrajes, que producían telas sencillas y prendas de vestir. Junto a estas dos manufacturas, había otras, también domésticas, que ofertaban productos como zapatos, velas o jabón. Aunque algunas de esas producciones eran de alta calidad, la baja productividad era constante en estas actividades. Sólo existían dos opciones para su supervivencia en un ámbito de mayor libertad comercial: la imposición de altas tarifas aduaneras a las manufacturas importadas o su transformación en industria moderna. Pero esta última no sólo no surgió del sector artesanal sino que, creciendo al margen de ella, se convertiría, con el tiempo, en un importante competidor. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con el sector textil, el primero en aparecer como industria moderna en América Latina. Los obrajes o talleres artesanales habían satisfecho tradicionalmente el mercado, mientras que las importaciones se limitaban, en general, a los tejidos de mayor calidad para las clases elevadas. Pero tras la independencia, coincidiendo con la rebaja de sus precios en los mercados internacionales, las importaciones se incrementaron de forma notable, extendiéndose su consumo a sectores sociales que antes no podían permitírselo.

Sin embargo, la decadencia de la producción artesanal no se manifestó de inmediato. Por una parte, el poco éxito del sector exportador en las primeras décadas del siglo limitó muy pronto la capacidad importadora de las nuevas repúblicas; por otro, las dificultades de transporte en el interior de la mayor parte de los países de la zona dificultaban la distribución de esos bienes importados fuera de los puertos de recepción; por último, el escaso desarrollo de la manufactura moderna se convirtió, también, en una protección adicional, de manera que sólo mucho más tarde, cuando los precios de las importaciones siguieran bajando por el incremento de la producción y se abarataran los transportes, se hizo evidente su decadencia.

La actividad económica que resultó más próspera en la primera mitad del siglo XIX fue la ganadería, especialmente floreciente en el Río de la Plata, que ofrecía beneficios considerables a cambio de inversiones mínimas, Para su expansión sólo requería tierra adecuada y abundante y un mercado exterior capaz de absorber la producción. La primera condición era fácil de cumplir; en momentos en los que la tecnología para la agricultura era baja y en lugares donde la población no era abundante, resultaba lógico dedicar las tierras a una actividad como la cría de ganado, que necesitaba poca mano de obra. Y sus productos no tenían demasiadas dificultades para su colocación en el mercado externo, gracias a la demanda de cueros para la manufactura europea, y de carne en salazón para los esclavos de las plantaciones norteamericanas.

La exportación de ganado bovino y sus derivados era ya considerable en algunas zonas como el Río de la Plata o Venezuela antes de la independencia, y después de un ligero estancamiento en la década de 1820 comenzó un crecimiento constante que, en el caso argentino, lo convertiría en el producto con más éxito en el mercado internacional, ayudado sin duda por el hecho de ser el que antes logró la atención de los mercados internacionales de capital y, gracias a ello, el primero en acometer las reformas necesarias para su inserción en el sistema económico mundial. A mediados del siglo XIX Buenos Aires contaba ya con un número considerable de saladeros para preparar el tasajo destinado al mercado exterior, y sería también allí donde, en el último tercio de ese mismo siglo, se establecerían los primeros frigoríficos.

Pero salvo estas excepciones no parece que hacia 1850 los esfuerzos de los distintos gobiernos por incrementar las exportaciones hubieran tenido un resultado satisfactorio. Lo que sí hubo fue una mejora en los términos de intercambio; los precios de las materias primas seguían determinados, esencialmente, por las alteraciones de la demanda mundial de cada una de ellas, que si en unos casos -cueros o tintes-descendió, fue ascendente en muchos otros, como cobre, cacao, café... Por el contrario, el incremento de la producción y, en consecuencia, de la oferta abarató las importaciones, sobre todo los textiles. Gracias a ello algunos países mejoraron su capacidad importadora y, en consecuencia, las finanzas estatales, algo que resultaría decisivo en los años siguientes.



[1] Elda E. González Martínez y Rosario Sevilla, Capítulo 7 en Aróstegui, J. et alter – “El Mundo Contemporáneo” Ed. Crítica, 2001, Buenos Aires

4 comentarios:

  1. Mo emtiendo la palabra ultramar

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  2. Hola,

    ¿Alguien tiene digitalizado el análisis que hicimos el lunes en clase entre todos del punto 1 "El largo camino a la independencia"? Me quedó incompleto.

    Gracias.

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  3. JULIO, QUIERO SABER DE QUE CONSTA LA PRUEBA. SI ES TEMA Y PREGUNTAS O SI SON TRES TEMAS Y SE ELIGEN DOS. POR OTRA PARTE, QUIERO SABER HASTA DÓNDE ESTUDIAMOS PARA LA PRUEBA, SI VA TODO LO DADO HASTA HOY, O SI ALGO NO VA. DISCULPAS POR NO PODER IR, SEGUIRÉ LA CLASE DESDE AQUÍ, GRACIAS. DANIEL SAUCHENCO.

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  4. JULIO, QUIERO SABER DE QUE CONSTA LA PRUEBA. SI ES TEMA Y PREGUNTAS O SI SON TRES TEMAS Y SE ELIGEN DOS. POR OTRA PARTE, QUIERO SABER HASTA DÓNDE ESTUDIAMOS PARA LA PRUEBA, SI VA TODO LO DADO HASTA HOY, O SI ALGO NO VA. DISCULPAS POR NO PODER IR, SEGUIRÉ LA CLASE DESDE AQUÍ, GRACIAS. DANIEL SAUCHENCO.

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